El Precio
Entendimos flotando a ratos y, en otros, pataleando contracorriente, cruzando las mareas del tiempo, sus estanques; también sus profundidades donde aprietan los silencios de la penumbra y, sin embargo, la vida persiste.
Buceamos en los matices que engendran la luz y la materia, sus cambios de temperatura. Entendimos que ella siempre pide intercambio de nuestro vigor, la energía que intentamos acumular. Muchos dirán que a todo ha puesto precio, pero ahora vemos que es superior a cualquier cifra; nada nos dará por nada y menos aún si la interpretamos con cinismo matemático. Ella pide, administra este mundo, ajusta sus balanzas y luego, solo entonces, hemos de divisar tierra firme.
Nos pide tomar de su tiempo, de su sangre, para comprender su organismo en constante moción; de nuestra fuerza, la que tengamos, para ir hacia destinos reales e imaginarios, merecer del agua más clara, la más mansa, hogar del discernimiento. Nos pide rendir el cuerpo a la marea, para que las corrientes nos lleven a sitios disonantes, tal vez para enfrentar el último naufragio de nuestros errores, del que quisiéramos declararnos inocentes. Nos pide la espera en playas desiertas, donde ningún rescate garantiza y, sin embargo, el ritmo de la brisa, la paleta del sol, el transcurrir inexorable de cada día, nos proveen la cadencia que llena los vacíos humanos.
Y entendemos, que fuimos encomendados al arte de dar sin descanso pero también de recibir. Encarnamos el intercambio sagrado, misterioso, que no lleva la cuenta con cifras, que no tiene tablas de consulta ni coordenadas precisas. Somos sus hijos, aún infantes. Flotamos, pataleamos, avistamos tierras e imaginamos porvenires; regalamos el aliento luchando contra mareas, creemos en la llegada. Ya vaciados los recuerdos, curtidos de sal, el cabello endurecido, partimos desde nuevas costas, dispuestos a entregarle ánimo, el brío de alcanzar la tierra desconocida.


